
“Goodbye, dragon inn” -Tsai Ming Liang-
“Goodbye Dragon Inn” transcurre durante la proyección de “Dragon Inn” en una sala de cine. Tsai Ming Liang presenta una visión propia del cine. Elige para ello una película que representa la cultura oriental: Dragon Inn, y así presenta su ultima proyección en un cine local. La mirada melancólica y algo nostálgica de una época que se termino. Ya no existe el publico del cine y con el se ha perdido su ritual, aquel que Tsai Ming Liang parece añorar. Un filme sin audiencia, y una experiencia, la del consumo de cine en colectividad, que ha perdido su razón de ser. Aquí comienza el juego que Ming Liang propone, un grupo de espectadores como en la caverna asistiendo a la proyección de una película, estos personajes nos representan a nosotros mismos, publico que asistimos a ver “Goodbye, dragon inn”, entonces el cine funciona como un espejo, en el que nos vemos reflejados en esos personajes, la representación dentro de la representación (si el cine es una doble mímesis, entonces aquí seria por tres). Se articula de esta forma una puesta en abismo, que permite poner en evidencia el aparato de base al que hace referencia Baudry, se traza una relación entre la pantalla, proyector y público, aquello que no es visible pero hace ver. Nos da la posibilidad de reflexionar en esa maquinaria que se pone en funcionamiento para que lo que estemos viendo se produzca.
Al comenzar la película una voz sobre los créditos de apertura nos contextualiza, nos engaña. Esa voz es la propia de la película que se está proyectando, a esto le sigue un plano a través de un velo que nos descubre la sala llena de espectadores e intuimos que se proyecta allí, por primera vez “Dragon inn”, luego comienza la película propiamente dicha, en cuanto entramos a la sala, (años más tarde) la vemos vacía o casi vacía. Porque en parte “Goodbye, dragon inn” habla de eso, de un pasado, de un recuerdo que no va a volver y porque no también de nosotros. De aquellos que asistimos al cine, de los espectadores como una raza en extinción. Ahí aparecen ellos, nosotros. Algunos parecen entrar en la sala debido a la lluvia que se desata en el exterior, porque afuera llueve y llueve durante toda la película. Un profesor no hace mucho me dijo que para Tsai Ming Liang el agua es como el amor; algo recurrente en la filmografía del artista. Otros, al igual que el director parecen ser los últimos estandartes de esa generación deslumbrada por la magia del cine, y quienes mejor para representarlos que dos de los actores del film que se está proyectando. Sólo los antiguos actores, parecen implicarse con el filme; son ellos quienes permanecen en la sala hasta el final de la proyección, quienes se adentran en el universo y hasta se emocionan (puede ser este un personaje referencial a la figura del director), un melancólico diálogo al final esboza apenas una parte de lo que se trata este film “Nadie viene ya a las películas”, “y ya nadie nos recuerda”. Dentro de la sala, se deben respetar ciertos códigos, códigos propios del cine. Lo que une a estos personajes parece ser el silencio. Pero no todos los cumplen, miradas de incomodidad, pasos, respiraciones y ruidos mientras comen. ¿Así somos nosotros? ¿Nos levantamos incansablemente de nuestros asientos buscando una mejor posición que nos permita disfrutar la película? Casi como figuras fantasmagóricas (existe una alusión a esto en el film) y a través de planos dilatados los personajes abandonan la sala y recorren los distintos espacios. Esto se opone al estatismo de los planos, coreografías perfectamente ejecutadas permiten el montaje interno en el cuadro. Ese deseo de las criaturas de entablar una conversación o de un simple roce. La sala está vacía y aún así ellos eligen sentarse todos en un mismo sector. Toda otra posibilidad de acercamiento es prácticamente inútil. Parece cómo si la sala de cine fuera el lugar idóneo para que Tsai Ming Liang pudiera mostrar con más naturalidad el silencio y los (des)encuentros.
Otros dos son los personajes que llevan adelante el relato. Uno ausente durante casi toda la película; el proyectorista y aquí el director se adueña de otro recurso: el fuera de campo. Este se ve articulado a través del sonido y lo más efectivo a través de las acciones de otro personaje, la chica de la boletería del cine, que además presenta una pronunciada cojera. Esto no es casualidad, Tsai Ming Liang la obliga a recorrer los largos pasillos y escaleras del edificio en búsqueda de este otro ser, del objeto de amor. Marcando con su lento y metálico andar una suerte de ritmo que se hace presente en casi toda la película (al principio del filme, en un largo y profundo plano, la joven coja cruza el espacio marcando rítmicamente con su metálico paso el tiempo que tarda en hacerlo). Es esta joven la que puede durante algunos minutos sentirse parte del publico interesado en la película, cuando se abisma desde detrás de la pantalla, gesto que Tsai subraya multiplicando, por primera y última vez en el filme, las tomas y haciéndonos pensar en que a lo mejor ella sí puede colarse entre plano y contraplano y creerse por un segundo aguerrida guerrera y no solitaria coja. Además es la primera vez que en la pantalla aparece una mujer. Quien no aparece hasta casi los últimos minutos de película es el encargado del proyector, una vez que el film que se está proyectando finaliza (es él quien le da comienzo y quien termina la película, nosotros estamos en sus manos y que otro amor más acertado se podía encontrar para el personaje femenino) y como ya vimos con el resto de los personajes, ellos no son la excepción al desencuentro. La (in)existencia de este personaje y su estadía en el campo off genera una mayor curiosidad por parte del espectador. Nosotros a partir de un montaje paralelo con la chica coja y el resto de los personajes la vemos en la búsqueda incansable de “algo” que no se nos revela hasta llegado el final.
Otro recurso que se utiliza durante todo el film es la profundidad de campo; planos con perspectiva y en fuga. De esto se vale Ming Liang para contar la historia. Los largos y estáticos planos en los que rara vez se realiza algún movimiento de cámara, presentan a varios personajes encerrados en un mismo encuadre en distintos términos poniéndolos en conflicto (recurriendo nuevamente al fuera de campo, dejando por lo general la gran pantalla del cine allí). No solo tiene que ver con la economización de planos sino la forma de un director de contar una historia. La profundidad de campo instala la ambigüedad, no así el montaje que le atribuye a los acontecimientos un único sentido dramático.
Seri equivocado decir que una obra como “Goodbye, dragon inn” carece de ritmo, aquí se presentan largos planos dilatados en los que a veces parece no pasar nada, como el plano al final de la proyección en el que la chica de la boletería entra en la inmensa sala vacía a limpiar el lugar, recorre el plano con lentitud y dificultad (como en el resto del film) el en la más absoluta soledad. Es así que lo que importa para el ritmo es la tensión del tiempo que transcurre en el plano. A pesar de esa sensacion de que nada sucede, y lo personajes no se mueven, los detalles en los distintos planos minan por completo el film. Asi mismo Ming Liang nos permite nuevamente un tiempo para la reflexión, ese plano tan significativo demuestra quizá el final de una etapa y refleja el cambio de una sociedad en constante evolución, algo que ya está en el pasado.
Es un único escenario en el que transcurre toda la película y es ese cine, pero los personajes recorren varios espacios dentro de él. Pues bien, Tsai Ming Liang conjuga la exploración de los cuerpos en soledad con la singular presencia de una banda sonora (aquí las espectrales voces del filme de King Hu) que unifica los espacios y genera un inexplicable y solemne extrañamiento. Funciona la música de la película que se ve proyectada en la pantalla como música diegética que sirve para sumar a la imagen (por ejemplo cuando la mujer come y parece una escena de película de terror). Existe una constante sonora durante toda el metraje; los pasos de los personajes. Estos ponen en evidencia nuevamente un campo off y anticipan su entrada a cuadro, es especial los de la muchacha. También aparece desde el off sonoro la lluvia y la banda sonora de la película que se está viendo, dependiendo del lugar en el que se encuentren los personajes. En cuanto a la banda sonora propia del film de Ming Liang sé podría llegar a decir que el punto de vista de la escucha es el nuestro, el de los espectadores; los sonidos dentro de esa enorme y casi vacía sala son exacerbados: la mujer que come, los pasos, el rechinar de las sillas, las respiraciones. Todo aquello que a nosotros como publico dentro de la sala de cine nos molesta. Además casi no existen los diálogos, durante en el primer tercio del film, se producen simplemente un conjunto de situaciones, algunas tan absurdas como mínimas, incomodidades: un hombre que quiere fuego para encender su cigarrillo, y se sienta al lado de diferentes espectadores intentando que ellos se lo brinden sin él tener que pedirlo. Cabe destacar que llegando al final, una última imagen, en la que la cámara permanece inmóvil registrando como lo ha hecho hasta el momento, la lluvia incesante y la chica caminando hacia la cámara. Una canción comienza a sonar y lentamente hace cesar la lluvia. Esa pieza musical resume en pocas palabras lo que hemos visto y lo que el director siente con respecto al tema.
“Goodbye, dragon inn” parece ser un juego de mamushkas, el cine dentro del cine, una pantalla dentro de otra, espectadores duplicados, todo parece estar en loop y nosotros mismos nos vemos en ella, nos sentimos parte de ella y jugamos con gran entusiasmo el juego que Tsai Ming Liang nos propone.
By Marion-
